viernes, 19 de enero de 2007

Propuesta para una nueva concepción del sentido del progreso, la evolución y el aprendizaje de estudios académicos


El hombre y su evolución
A lo largo de los tiempos, el ser humano se ha visto en la necesidad de evolucionar. Es decir, cambiar, adaptarse. Con el tiempo, sus preocupaciones han ido tomando un grado de complejidad cada vez más elevado, al punto de llegar a un mundo completamente extraño para la mayoría de los que habitamos la tierra.
En un comienzo, el hombre promedio poseía todos los conocimientos que el resto de la humanidad poseía. Era capaz de hacer y pensar todo lo que cualquier otro era capaz. No existían seres que se erigieran por encima de todos los demás en ningún campo en particular. No era preciso estudiar demasiado, pues no existían estudios pasados que fundaran las bases de dicho emprendimiento. La vida se abría ante los ojos del prehistórico por primera vez y así era asimilada.
Pero, sin embargo, con el tiempo el hombre comenzó a desarrollar un sentimiento que lo acompañaría por el resto de su existencia. Y ese sentimiento, incómodo, molesto, perturbador será el que lo llevará a realizar los grandes cambios, el que lo llevará a evolucionar, a adaptarse y sobrevivir.
Está claro que estos hechos no han sido del todo voluntarios. De hecho, esto se dio naturalmente, como algo que el ser humano hizo, no de casualidad, pero si por mandato del destino si se quiere. Es decir, que el primer hombre en cuestionarse su propio mundo, lo hizo en base a alguna necesidad del momento, sin previa premeditación. Creo que este mecanismo se repitió varias veces hasta que el humano tomara conciencia de que en el cuestionamiento de las cosas yace el progreso y la evolución. Progreso, entendamos a qué me refiero con progresar.
Entiendo por progresar al avance “positivo” de la vida humana. Positivo implica una gran cantidad de subyacentes preconnotaciones y prefiguraciones culturales que me son propias. Que de atinar a explicarlas en estas líneas, bueno, me tomaría demasiadas líneas. Pero bastará con decir (espero) que lo positivo es aquello que le hace “bien” al hombre, siempre entendido este como masa humana y no como individuo. Me refiero a hacerle bien a que el mismo siente regocijo por alguna cosa, cualquiera. Recordemos que este regocijo ha de ser general, todos hemos de formar parte del mismo, o al menos, si no todos formamos parte, que no hiera a nadie.
Bien, no obstante, la que precede ha sido una explicación muy breve de un concepto extremadamente complejo, espero que baste para poder continuar con mi exposición. Lo importante es entender que el progreso es algo que debería considerarse como positivo si se acepta que esto implica beneficios para la humanidad entera.
Si retomamos el concepto de evolución nos toparemos con que el hombre, no satisfecho con una primera interrogante. Reformuló sus dudas. Para más adelante llevarlas a la práctica. Y fue en ese preciso momento en el que se superó. Y he aquí el progreso.
Con el tiempo, el ser humano continuó preguntándose y experimentando cada vez más. Pero como es natural, llevar a cabo todas sus dudas en una materialización práctica le consumía más tiempo que plantear sus dudas en su mente. Por lo que comenzó a generarse un retraso por acumulación, y con el tiempo, desarrolló cada vez más y más lentitud en la materialización de sus interrogantes.
Aquí comenzamos a divisar el primer factor de atascamiento en la evolución. Las dudas crecían en cantidad mientras que los experimentos, cada vez más complejos entorpecían el camino de las ideas.
Sin embargo el hombre persistió. Por lo que con el tiempo desarrolló tecnologías que eran cada vez más y más veloces. Estas tecnologías, no obstante pretendían contribuir a la fluidez de las ideas, comenzaron a significar fuentes de enriquecimiento para ciertos individuos que mal interpretaron sus funciones originales y malversaron las mismas. Por lo que gran parte de la humanidad se vio perdida a costa de estos individuos egoístas y maliciosos que se enriquecían cada vez más de las pobres mentes perdidas de las masas errantes. Esto llevó a la generación del segundo factor de atascamiento, éste producto de sentimientos bajos como la avaricia, el egoísmo, el placer y la codicia desmedida.
No obstante las herramientas para el desarrollo de las ideas fueron evolucionando, más lentamente que antes (debido a estos dos primeros factores de retraso), en definitiva avanzaban. Tanto avanzaron que llegaron a tener una enorme difusión. La desmedida difusión de las mismas llevó a que éstas tomaran voluntad propia y comenzaron a captar un poder inmenso , al punto de independizarse de todo control humano. Esto llevó al desorden, al descontrol. Hoy día las herramientas para la expresión de las ideas están al alcance de todos y son muy, muy diversas. Esto, no obstante parece algo positivo y que hará crecer al progreso mucho más rápido conformará el tercer factor de retroceso de la evolución.
Como se dijo antes la complejización de estas herramientas fue en aumento, hasta el punto en el cual una cierta parte de la población, especializada, era capaz de manejarlas. Pero con la difusión de las herramientas a través de la globalización los límites se volvieron confusos, extraños. Cosas que antes eran inalcanzables para algunos se volvieron la cotidianeidad de todos, y paralelamente otros temas se complejizaron a tal punto que sólo algunos expertos podrían alcanzar a entenderlos. Pero el tema radica en que estos expertos no son los clásicos teóricos, eruditos. Por el contrario son gente de lo más común pero con capacidades especiales. Aún es difícil de comprender el dilema de las nuevas tecnologías. Pues no es como antaño, que el experto letrado es el único capaz de entender las complejidades del mundo, de hecho la tendencia lleva a la reflexión que habla de que el que más de cerca vive a la sociedad es el que más sabe de ella. Las masas populares siguen esta corriente en pos de un entretenimiento un tanto infantil, y a veces no tanto.

El estado de las cosas
¿por qué la vanguardia? El estado de las cosas hoy día es sin duda deplorable. Sociedades enteras caen ante el devastador avance de la masa capitalista, la cual, sin remedio, devora todo aquello que no puede o quiere adaptarse a sus mandatos, incluso a individuos de su propia calaña que han caído debido a cambios inesperados del destino en su contra. Estos mandatos, lejos de buscar orden o paz, enfilan hacia la codicia, el egocentrismo, el enriquecimiento propio, la indiferencia y, lo más dramático de todo, la individualidad. Sin embargo algo está de nuestro favor.
El ser humano es un individuo que no es reconocible como tal, si no hasta que se relaciona con sus pares. A diferencia de muchos otros seres vivos que habitan la tierra, somos seres sociables. Pero no sólo por placer o gusto, si no por necesidad. Somos incapaces de vivir aislados o en reclusión, ya sea física o espiritual. El más claro ejemplo de encierro espiritual es sin duda el caso de las sociedades que han logrado la materialización del capitalismo en su máxima expresión.
Somos felices y nos completamos como personas al relacionarnos, al encontrarnos en el otro. Solos no podemos existir. La masa es nuestra definición. Por eso es imposible que un sistema separatista, individualizante sea el que rija al mundo entero. Es por eso que las cosas están mal. El sistema imperante en la actualidad ha fallado. Falla a cada segundo, está en crisis. Todo individuo pensante, el cual tenga la capacidad de discernir, y posea algún tipo de conocimiento especializado en cualquier área, por más superflua que esta resulte, se ve en la obligada necesidad de proponer el cambio, la mejora, la superación del actual sistema de funcionamiento de las cosas.

La propuesta. La constante innovación.
Yo opto por la innovación. La evolución. El cambio, la supervivencia. Hemos de generar buenas ideas si no queremos morir ante el torpe y destructor paso del sistema contemporáneo. Ser vanguardista. La gran contradicción.
El vanguardista es aquel que se opone al sistema imperante, trata de destruirlo, de eliminarlo, e imponer un nuevo orden. Pero, ¿por qué hemos de imponer un nuevo orden? ¿No somos nosotros los que luchamos contra el orden imperante hoy? En el caso de que tuviéramos éxito en nuestro afán de derrocamiento, ¿Qué nos asegura que después de nosotros no aparecerá otro vanguardista que piense distinto de nosotros? ¿Cuánto tiempo implica la palabra “después”? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para ser superados?
Ésta es la gran contradicción del que innova. De nuevo, el hombre ha desarrollado sus capacidades gracias a su enorme facilidad de evolucionar. Ha desarrollado, mente, espíritu y cuerpo. Ha alcanzado grandes logros gracias a esto. No obstante cada nuevo surgimiento tarda... tarda siglos en ser aceptado, en ponerse en movimiento, en aplicarse a todo el globo. La pregunta es ¿Por qué?
Pues bien, todos sabemos que, si estudiamos la historia de la humanidad, el cambio es el acontecimiento histórico que más lentamente se desarrolla. La sociedad tarda una enorme cantidad de tiempo en asimilar el cambio. Ya sea en aceptar que la tierra gira entorno del sol o que los hombres quieran casarse entre si. La sociedad es muy lenta. Esto debido, creo yo, a pura y neta comodidad.
El hombre, ser de espíritu profano y débil, se deja llevar siempre por lo que le resulta más cómodo. Una vez que asimila un dato, éste quiere atesorarlo, cuidarlo, y quedárselo para el sólo. No le interesa el resto de la sociedad. Se especializa en alguna actividad y automáticamente empieza a repudiar al que no sabe. Al ignorante. Comienza a generarse, en el hombre que sabe, una suerte de vanidad que lo convierte a él en un experto por sobre otro que no sea tan letrado. Y cuando viene algún erudito de alguna otra disciplina, simplemente niega con ímpetu que exista tal necesidad de conocer o aprehender ese saber “exótico” para él.
En definitiva, la sociedad es lenta en aceptar el cambio, por el sólo hecho de la más vieja y terrible de todas las cualidades humanas, el egoísmo. El miedo a lo desconocido, el desconcierto, todas fobias de las sociedades modernas (con modernas, me refiero a las que surgen luego de la época del occidente clásico). El cambio se vuelve cada vez más y más difícil de materializarse. La vida del vanguardista se despedaza. Le cuesta crecer, como a ningún otro. Sólo unos pocos logran cruzar la barrera que impone el mundo egoísta. Pero puedo aseguraros señores y señoras ellos si son felices.
Propongo que seamos todos vanguardistas. Poblar el mundo de ciudades extrañas a nuestros ojos, pero que se vuelvan de un momento a otro comunes para nuestros hijos y que ellos, a su vez hagan lo mismo, y que así, continúen la cadena sus propios hijos. Imaginen con qué velocidad se darían los cambios, con que velocidad el hombre podría desarrollarse como tal hasta su cúspide mental. La técnica crecería aún más rápido de lo que crece hoy día. En unos siglos habremos alcanzado tal grado de evolución que nuestros cuerpos cambiarían. Sufriríamos metamorfosis a gran velocidad. Y no sólo físicas, si no también mentales y ¿por qué no? Espirituales. Si hoy, las herramientas están al alcance de todos imagínenlo en unos años.
Ése será nuestro mérito como seres vivos, evolucionar. Y así, darle a las futuras generaciones la oportunidad de superarnos.

Torre Cultural