miércoles, 16 de mayo de 2007

Puntos y reacciones en el mundo.

A mi modo de ver los ejes y las líneas en arquitectura existen, por supuesto que si. Pero no son ellos los productores, creadores de arquitectura, de vida. Si no que son un resultado. Los elementos “determinantes” de la composición morfológico-funcional de cualquier elemento, se resumen en un punto. El punto, forma primera de la geometría, la considero también la primera en la arquitectura y en la vida. Los puntos pueden ser atrayentes o repelentes, fuertes o débiles, determinantes o vagos. Cada punto es portador de una personalidad, la cual, junto con su historia, refleja una identidad.

Las ciudades no son resultado de ejes, no son resultado de líneas, o dameros, o fórmulas ortogonalizantes. Las ciudades son resultado de un punto. Cómo ente creador por excelencia, el punto determina la partida y a veces la llegada. Pero lo importante es que de él pueden surgir entidades abstractas complejas o simples. A partir de un punto se crean mundos. Su síntesis permite ampliar el horizonte de la originalidad a tierras impensadas. El hecho de que sea sólo un punto, sin volumen, dirección, masa o forma, hace que no existan parámetros para encarar su apropiación. Cada ciudad hace uso de sus puntos como quiere o necesita. Muchas veces (casi siempre) el crecimiento de la ciudad con respecto a su punto de partida es debido a necesidades inconscientes. Nadie sería capaz de determinar a priori cómo una ciudad hará uso de sus puntos, el hecho de querer determinarlo sería una acción despótica, en vías de instaurar algún tipo de régimen dictatorial sumido en la más profunda de las vanidades arrogantes.

El hecho de no poder “controlar” el crecimiento de estas ciudades, no debe ser considerado una lástima, o un fallo humano. Por el contrario, ha de ser visto como algo positivo. Eso nos habla de la naturaleza humana. De su “libertad”, de su indomable fiebre de crecimiento independiente de todo razonamiento. Debemos aceptar el hecho de que la fuerza de vida propia del hombre se encausa sola hacia lo orgánico.
Tal vez, nuestro aporte tendría que ser desde pequeñas intervenciones. Tratar de ayudar y no imponer. El hombre, como ínfima esfera de la creación, sólo es capaz de modificar y descubrir, no le es posible crear. Debemos conformarnos con proponer, con incentivar, soñar. Somos pequeños, pero si atacamos el punto justo, podremos lograr un gran cambio. Siempre es más sencillo cambiar para mal. Debemos abocarnos a la difícil tarea de hacer el bien, complejo, intrincado. Sepamos que todo es complejo, aceptémoslo.

Cuando se quiere “imponer” un eje, tarde o temprano éste se ve derrocado por las fuerzas naturales de lo orgánico. Las ciudades romanas, fundadas bajo ejes cardos y decumanos, fueron víctimas de la organicidad pasados los años. En las afueras de las murallas los asentamientos fueron, lentamente “invadiendo” la trama en damero del interior de aquellas ciudades. Roma nunca se logró regularizar. Grecia nació y vive inmersa en lo orgánico. Nueva York es orgánica en planta y en vista. Buenos Aires fue fundada a partir de una trama en damero, al igual que Santiago de Chile y otras tantas ciudades americanas. Todas cayeron ante los “caprichosos” ejes orgánicos del avance humano. Lo más inteligente será ahora pensar al detalle la ubicación precisa de lo puntos o focos de encausamiento. Para así, lograr un cambio o una modificación de los ejes actuales. Las propuestas de esta manera serían más económicas, pues las intervenciones sólo serían puntuales. Además, se le daría un plus de libertad a la vida, para que se abra el camino entre los puntos de tensión.

De un punto de tensión, es lógico que surgirán líneas tensionantes, rayos como ejes. Pero lo inteligente, no es sólo saber dónde colocar el punto, si no lograr determinar cuántos puntos han de ser necesarios para lograr un cambio, y cómo estos interactuarán entre si para lograr generar las líneas de tensión adecuadas. Con adecuadas, me refiero a aquellas que aporten mejoras a los problemas del entorno o que den ideas para mejorarlo en alguna manera.