jueves, 6 de septiembre de 2007

Pabellón































La constancia

Lo mediocre no busca el cambio, la rutina es para él, una seguridad. Un estado de constancia estúpida. Es como el ser que vive sólo por el hecho de hacerlo, sin objetivos de futuro, o colaboración con el prójimo. Edificios de similar funcionamiento, de similar fachada, de similar volumetría se apilan unos a otros, sin otra intención mas que la de estar allí, inertes, albergando vidas mediocres. Una junto a la otra, ajenas al compañerismo, o al diálogo. Perdurando en el tiempo como vegetales artificiales de vida plástica. Estancados en parámetros de antigüedad, los cuales no sólo ya no sirven en la actualidad, si no que han sido malinterpretados durante generaciones enteras de gentes mediocres. Pero las ciudades se nutren de estos seres para crecer y vivir. Son la verdadera ciudad, la representan porque son millones. Las ciudades no se recuerdan por hitos. La opera de Sydney no representa a Sydney, sólo la idealiza. Creo que muy pocos han de conocer Sydney en su naturaleza viva, en su verdadera historia. La estatua de la libertad, muy poco dicen de Nueva York, de su cultura, de su gente, de su arquitectura, al igual que tampoco lo hacían sus famosísimas torres gemelas. Pues las ciudades no son hitos, las ciudades son constancias. Y podemos diferenciar cada una de ellas en la medida que sus constancias se diferencien.
La constancia está dada por las masas, nunca por elementos únicos. El tejido, los materiales, las uniformidades, los elementos comunes, la tradición. Esos elementos son los que aportan identidad al conjunto de relaciones, necesidades y experiencias que forman a la ciudad. Así como existen ciudades homogéneas, las hay heterogéneas (tal es el caso de Buenos Aires). Aunque en su heterogeneidad conlleva también elementos unificadores, los cuales la vuelven una materia única, irrompible, inseparable. Ésta suele ser la característica más peculiar de las ciudades contemporáneas. Los Ángeles, posee una uniformidad aberrante en sus afueras de viviendas con jardín, todas prefabricadas, de cinematográficas cubiertas a dos o cuatro aguas. Pero también posee sus calles de moles de hormigón, estáticas, nuevas, cambiantes. París posee la Defense, un barrio nuevo, con expectativas de un futuro altamente vanguardista, pero conserva sus viviendas de era medieval y sus angostas calles, así como sus catedrales góticas.
Podemos concluir entonces que de la heterogeneidad de mediocridades que existen en un asentamiento dado, surge la ciudad. Un elemento altamente denso e histórico. Producto de modificaciones intensas, de un crecimiento paulatino, pero, de a momentos, mediocre. El error enorme del adornado movimiento moderno fue justamente no comprender este hecho, y querer llevar a cabo el sueño de la ciudad uniforme. Una ciudad uniforme implica considerar a todos sus habitantes como entes uniformes. Sin particularidades. ¡Aberración de los monoblocks! No es posible concebir tal destrucción de las individualidades sin percibir cierto aire déspota. El ser humano es único en cada una de sus expresiones, pero en su apropiación del suelo, y de su vida cotidiana en comunidad ha de surgir un sentimiento de pertenencia. El cual estará dado por la cultura y el hábitat que el mismo ser humano propicie para ello.
Toda ciudad es producto de cierto grado de mediocridad. Lo realmente interesante es que esta mediocridad no termine siendo uniforme, homogénea en toda la extensión de la ciudad. De a ratos la ciudad se vuelve homogénea y de a ratos se desvanece en elementos distintivos, para volver de golpe a ser homogénea, pero ahora se trata de otra homogeneidad, una diferente, la cual le dará identidad a cada barrio o comuna de la ciudad generando micro ciudades dentro de si misma. Sólo podemos detectar que existe constancia cuando ésta se ve interrumpida.